Sin categoría

Mi alma por una chaqueta de entretiempo

¿Quién iba a decir que llegaría a la primavera sin preparación alguna? Con lo que a mi me gusta la salida del invierno, esos meses tan insoportables en que llevas más peso del que deberías a base de jerséis de lana y chaquetas de pluma, todo sea por no pasar frio.

Y aun así llegó la primavera, y pese a la larga lista de ropa que ya no me cabe en el armario, gracias a la cooperación de mi hermanita, debido a las mudanzas de principio de invierno me veo sin nada que llevar en este entretiempo, en que ni hace suficiente calor para ir en manga corta y nada más, pero no suficiente frio como para seguir con la chaqueta invernal habitual.

No dudes que habría ido a buscar mi vestuario primaveral si hubiera podido. Pero esa maldita cuarentena me lo ha hecho imposible. Lo peor de todo es no poder culpar a nadie. No hay gobierno, ni persona que hubiera podido evitarlo. Y no pretendo parecer una niñita malcriada, de esos que se quejan de no poder salir si a ellos no les pasara nada. No, yo sigo la cuarentena a rajatabla. Pero me muero de calor con esta ropa de invierno ahora que el sol empieza a pegar fuerte en la ventana.

Por eso me dirijo a usted, con humildad, sabiendo que los medios actuales, no esta claro que vayan a llegar antes de la fin de esta terrible crisis. Curiosamente no me ha costado más encontrarle que a cualquier otra marca, ¿quién iba a decir que un individuo tan antiguo como usted tendría presencia en redes?

Lo único que no he podido encontrar han sido reseñas de sus servicios, los cuales supongo que son de calidad, pero dado el fraude en internet me gustaría algún tipo de garantía. No me gustaría darle nada si no voy a recibir lo acordado a cambio, no se si me entiende.

Le comunico que estoy dispuesta a vender mi propia alma para conseguirlo en las próximas cuarenta-y-ocho horas. O el alma de primogénito, lo que le parezca más provechoso.  Espero oír próximamente de usted, antes por lo menos que acabe esta cuarentena, pues nada me avergonzaría más que seguir teniendo que salir ha hacer mi compra semanal con la apariencia de una maruja sin ningún sentido de la moda. Por una vez a la semana que la gente me ve…

 

  • Dirigido al Diablo.

 

 

 

concurso simorra

leyendas

Magusto

gratis.png

La fiesta había comenzado antes de la caída de la noche, como era tradición, pero no se habían empezado a ver los primeros adultos por las calles hasta que las linternas iluminaron las calles. Su luz anaranjada distanciaba mucho de la que solía brillar en Quiroga los otros días del año. El recuerdo del color blanco diluido alumbrando sobre las cabezas contrastaba con el olor de castañas de las hogueras y la calabaza tostada que llevaban los niños en los lados de los caminos.

Pese a las múltiples llamas, el aire era húmedo dando una sensación de no haber acabado de salir de la ducha. Les telas se pegaban contra el cuerpo intentando contener el poco calor que producían en las ya de por si frías noches otoño.

Se acercó a la hoguera más cercana, intentando ganar un poco de espacio a la humedad. Los adultos se encogían contra las llamas con sus vasos de cristal rellenos de líquidos transparentes.

—Bebe algo, que pareces un muerto— agarró el vidrio que le ofrecían, frio y caliente al mismo tiempo, y se lo llevó a los labios.

El saber era dulce pero mientras bajaba por su garganta se volvía amargo. Tosió desconcertado, no recordaba que la sidra le hiciera semejante efecto. Si recordaba la sensación de ligereza, y el cosquilleo en la parte de detrás de la cabeza. Pero el fuego que se le atragantaba no lo había experimentado antes.

Aun con espasmos, dejó caer el vaso que se rompió elevando notas finas y agudas, dirigiendo la atención de los presentes en su dirección.

—Santo cielo, ¿estás bien? — pregunto una mujer arropándola con sus brazos enmarcados en una gran chaqueta.

No supo que responder. Sentía una enorme lastima de los pedazos de vidrio esparcidos por el suelo, y aun más por el preciado líquido que se había perdido por su torpeza, pero todavía más vergüenza por los ojos que examinaban de arriba abajo su persona. Quizás por todo ello recibió los siguientes comentarios.

—Parece que haya visto un muerto.

—Tiene las manos heladas.

La invitación de acercarse al interior de una cosa, donde recuperar el calor cerca de la lareira no tardo. Sin poder discutir o mediar palabra se encontró en un pequeño comedor de piedra antigua sobre un cojín dispuesto junto a la chimenea.

Como para mantener ese ambiente místico que se respiraba en las calles, la habitación tampoco contaba con sus focos de luz habituales, si no con velas colgadas de sus candelabros sobre el alfeizar de la ventana. Eso, junto las llamas del fuego hogareño iluminaban suficientemente lo que parecía ser un pequeño banquete para algún animal. Frutas, pastas y nueces se acumulaban alrededor del fuego, esperando a ser tomados por alguien.

—Son para los espíritus. —le advirtió la mujer en cuanto se iba a llevar una nuez a la boca.

La dejó caer de vuelta en el montón si se quedo observando a la mujer. Pronto muchas otras personas entraron, según avanzaba la noche. Niños vestidos con disfraces, ancianos con bastones sonoros y aliento a alcohol. Todos pasaron por delante de la chimenea sin fijarse en la persona sentada junto a ella, esperando pacientemente. De algún modo se habían olvidado de presencia, lo cual recuperaba su confianza perdida. Nunca le había gustado ser el centro de atención.

Para cuando llegaron las altas horas de la noche ya todos dormían. La casa estaba en silencio y poco se oía en las calles, que se habían vuelto oscuras y tenebrosas al apagarse las hogueras. Pero la chimenea seguía encendida, aunque amenazaba ya con apagarse.

Se levantó con sigilo, intentando no hacer ruido, pese a que sus pies habían dejado de tocar el suelo hacia tiempo. Se acercó a la ventana, donde las titilantes velas medio derretidas combatían las oscuridad exterior, y amenazaban con acabar incendiando las cortinas.

El simple roce de sus dedos, helados pese a las horas que había permanecido junto al fuego, bastaron para apagarlas.

Mientras el humo ligero y aromático se elevaba en la oscuridad volvió a su cojín. Todavía quedaba un buen festín por devorar, y debía darse prisa si quería haber acabado antes del amanecer. Como cada año, en el momento en que el sol cruzara los cristales, se habría desvanecido y no podría volver a saborear, oír, escuchar, ver, ni tocar nada por un año entero.

 

Otros relatos disponibles gratis en Lektu. 

 

Inspiración

La abuela Mari

gratis

Doña Mari llevaba ya mucho sin mirar a ningún lado en concreto más que aquella casa de pueblo donde la esperaba su madre. Recordaba muy bien aquella época, en que corría por las calles de Espiel hasta el edificio de dos pisos, ahora con el techo derruido. Entraba siempre saltando al viejo perro guardián, que ya no levantaba la cabeza. Y corría hasta la cocina, donde su madre cantaba entre fogón y fogón, lanzando  de vez en cuanto un pedazo al gato que ronroneaba feliz des de su silla designada.

  • Yaya — la llamó una voz.

Intentó enfocar el rostro de la chica que tenía delante. Aun con las cataratas alcanzó a ver la silueta de un rostro conocido.

  • ¿Cómo estas hoy? ¿Tienes hambre? — preguntó.

Un solo murmullo salió de la boca de la anciana, algo que bien podría ser un sí o un no, así que la muchacha decidió ignorarlo.  Dejó los dos boles de papilla sobre la mesilla y se propuso empezar a darle el sustento. Con ella, llegaron esas preguntas que repetía un día tras otro, con la esperanza de tener respuesta.

  • ¿Qué tal el baile?— alzó la cuchara para llevarla a la boca de la mujer, sabiendo que tampoco habría respuesta a aquella pregunta.

La mente de la anciana intentaba encontrar ese baile. ¿Fue hace poco? ¿Con quién fue? ¿Qué se celebraba? Noto el sabor de la papilla de verduras, que sin masticar, tragó.

  • ¿Cuánto hace que no vienen a visitarte los tíos?— continuó cucharada tras cucharada, limpiando aquello que caía por los bordes de la boca.

Seguía tragando, mientras su mente intentaba identificar a aquellos tíos. Su mente volvió a Espiel. El tío José siempre traía un conejo a principios del verano, que ella cuidaba con devoción, y se volvía a llevar cuando empezaban las clases para que no la distrajeran. Uno diferente cada año.

  • ¡María de la Oh!— cantó la joven harta de no obtener respuesta.

Solo obtuvo un movimiento de cabeza. Hacía ya varios meses que la abuela Mari había dejado de cantar los versos de su canción favorita, y años des de qué respondió su última pregunta. Alba ya ni siquiera recordaba un tiempo antes de que la demencia atacara, en que ella era muy pequeña, y la anciana podía comer por sí misma.

  • No sabes ni siquiera quién soy yo— recogió los cubiertos y los platos a medio acabar.

Odiaba tener que hablarle a aquel vegetal en que se había convertido su abuela. Dejo el cuarto con gesto aburrido, permitiendo a Doña Mari volver a casa de su madre. Sentada en la cocina con el gato sobre las piernas, mirando las volutas de humo que escapaban de la olla.

  • Ahora Mari — se giró la hermosa mujer hacía ella con una sonrisa en el rostro—. Repite conmigo la receta de la poción para olvidar…

Si no se le hubiera caído encima toda la marmita hacía ya cinco años, habría agradecido no haberle enseñado nunca a su propia hija la receta. Pero solo alcanzaba a recordar el viejo pueblo, mucho antes de siquiera tener edad para pensar en hijas.

 

Si os ha gustado, y queréis leer más cosas…

#UnAñodeAutoras

Érase una vez.

Érase una vez – espera un segundo – ¿qué ocurre? Era así como empezaban los cuentos, ¿no? Y aunque este sea un cuento algo especial, sigue siendo uno de ellos, se merece un principio digno. – Está bien, sigamos.

Érase una vez una princesa – espera – ¿Otra vez? ¿Qué pasa ahora? – ¿Una princesa? ¿Estás segura de que quieres seguir por ese camino? Son todas tan estiradas, tan perfectas, con todas sus doncellas, siempre preparándoles los vestidos y haciéndoles peinados cada vez más extravagantes… – Bueno, pero si me dejaras continuar verías que esta no es una de esas princesas que tan poco parecen gustarte, ¿puedo? – Sí, claro, adelante.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos – Espera, espera – Ya tardabas, ¿qué ocurre? – ¿No llevaba vestidos? Entonces, ¿se paseaba desnuda por el castillo? – Pero mira que puedes llegar a ser simple. No, claro que no, vestía como un caballero, ni siquiera como un príncipe, pues no llevaba tantos adornos como ellos. – Entonces sí era una princesa especial, está bien, continúa.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba – ¡Ajá! – Por dios, ¿qué te pasa ahora? – Ya está, es como las demás princesas por mucho que la disfraces, seguro que soñaba con un príncipe azul que le llevara una rosa y esperara bajo su ventana para verla. – Si me dejaras continuar, sabrías cómo sigue la historia, y verías que esta no es para nada una princesa normal, así que, ¿puedo? – Sí, claro, por favor.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba con dragones. Desde pequeña sabía que las historias con zapatitos de cristal no eran las apropiadas para ella (de todas formas, si los fabricasen, no los harían de su talla), y desde entonces había soñado con ser secuestrada por un dragón – ¡¿Qué?! ¿Una princesa que sueña con ser secuestrada? ¿De verdad crees que voy a creerme eso? – Es un cuento, no necesito que te lo creas, sólo que lo escuches, así que, si no te importa…

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba con dragones. Desde pequeña sabía que las historias con zapatitos de cristal no eran las apropiadas para ella (de todas formas, si los fabricasen, no los harían de su talla), y desde entonces había soñado con ser secuestrada por un dragón, había imaginado la escena tantas veces que casi le parecía haberla vivido. El dragón se la llevaría a un antiguo castillo, y allí ella, utilizando un inteligencia y todo lo que sabía de dragones (por algo llevaba años estudiando su comportamiento) conseguiría hablar con él, y hacerse su amiga. Conseguiría que la liberase, sin ayuda de nadie, y se convertiría así en la primera princesa que reinaría en su país por derecho propio; la verdad es que le horrorizaba la idea de casarse con uno de esos príncipes melosos que vagaban por los reinos vecinos buscando una princesa para ampliar su reino.

knight-3274300_640

Sin embargo, un día le sucedió algo que nunca hubiera podido imaginar. Fue secuestrada, pero no por un dragón, si no por un príncipe. Un príncipe bruto, torpe y cabezota contra el que su inteligencia no pudo hacer nada. Él la llevó a un castillo abandonado, y allí la encadenó, esperando que con el tiempo entrara en razón y consintiera en casarse con él. – Vamos, lo que me faltaba, un príncipe secuestrando a una princesa, ¿qué espera? ¿Que desarrolle el síndrome de Estocolmo? – Bueno, ya está, me he hartado de tus interrupciones, a partir de ahora, vas a escucharme, y si vuelves a interrumpirme, seré yo quien te encadene a ti, ¿queda claro? – Ehm, si, claro, por supuesto. Continua, por favor. – Gracias.

Sin embargo, un día le sucedió algo que nunca hubiera podido imaginar. Fue secuestrada, pero no por un dragón, si no por un príncipe. Un príncipe bruto, torpe y cabezota contra el que su inteligencia no pudo hacer nada. Él la llevó a un castillo abandonado, y allí la encadenó, esperando que con el tiempo entrara en razón y consintiera en casarse con él. La princesa había probado todos los trucos que conocía para huir de allí, pero nada había funcionado. Hasta que un día, cuando ya estaba a punto de rendirse, una llamarada atravesó una de las ventanas del castillo, seguida por la criatura que la había provocado. Ella parpadeó rápidamente, creyéndose víctima de una alucinación, pero cuando una fuerte garra de dragón la liberó de sus ataduras y la llevó a un lugar más seguro, supo con certeza que aquello era real. Vio al dragón batirse con el príncipe, y temió por la vida de ambos, hasta que el dragón consiguió vencer y el príncipe ocupó el lugar que hasta hacía poco había ocupado la princesa, encadenado a la pared de su propio castillo. El dragón dejó que la princesa subiera a su espalda, y la llevó hasta su hogar, donde habló con ella, explicándole que llevaban tiempo observándola, observando cómo los había estudiado, y que necesitaban a alguien que velara por ellos, por su seguridad en el mundo de los humanos, porque dejaran de cazarlos y de tratarlos siempre como las malvadas criaturas de los cuentos que todos creían que eran. Y así fue como nuestra princesa se convirtió en la embajadora del reino de los dragones, aquellas criaturas a las que siempre había amado, así fue como su sueño se hizo realidad.

– Vaya, esperaba escuchar alguna queja sobre el final del cuento, pero veo que parece que te ha gustado. – ¿Gustarme? Me has dejado sin palabras, es uno de los mejores cuentos que he escuchado nunca. Gracias por dejarme escucharlo –

Sin categoría

Inktober 2017. Segunda semana

Siguiendo con el post hecho soo unos dias: Inktober 2017. Primera semana. ¡¡Quiero anunciar que LMDE ya ha anunciado los ganadores!! Yo no estoy entre ellos, pero os recomiendo seguirlo porque tienen mucho talento y escriben que te cagas.

Entre tanto os presento otra semana de LMDEinktober.

8OCT: Torcido

8 torcido

9OCT: Chillido

9 chillido

10OCT: Gigante

10 gigante

11OCT: Carrera

11 carrera

12OCT: Destrozado

12 destrozado

13OCT: Repleto

13 repleto

14OCT: Feroz

14 feroz