
El estudio de Daniel es muy importante para los laboratorios en los que trabaja. Del resultado de sus experimentos depende en gran parte que los inversores no retiren el dinero que mantiene la maravilla en pie. Su trabajo es, por tanto, vital para el futuro de las instalaciones.
Y su misión no es otra que relacionarse de igual a igual con un Achillobator adulto; un dinosaurio del cretácico del que espera poder aprender mucho en cuanto a sus costumbres se refiere. Pero el saurio no parece muy colaborador, a priori.
La inmersión de Daniel en el mundo de Aquiles los forzará a verse reflejados cada uno en los ojos del otro.
Mi reseña
Se trata de un libro que me ha enganchado tanto como me ha perturbado. Y no, no es por el “dinoporno”. Es por las implicaciones de los avances científicos que sientan la base de la trama. Y sí, soy la rara que se ha centrado más en eso que en el romance.
Soy veterinaria de profesión, cosa que me acerca un poco al mundillo de Rafa y un poco más al concepto de estudios etológicos y, en general, a la investigación en animales. Y la idea de crear avatares para entrar en el mundo de otros animales, entenderlos, comprender su lenguaje y su forma de pensar, ver el mundo a través de sus ojos… me fascina. Rafa plantea un mundo utópico en el que la ciencia ha llegado no solo a ese punto, sino también a recuperar de la extinción diferentes animales del Cretácico, entre ellos el Achillobator.
Cuando vi el nombre, lo primero que pensé fue: ¿por qué? ¿No será ese famoso fósil que abrió la discusión sobre si los dinosaurios tendrían plumas? Después de una pequeña investigación en Google, veo que no, pero que sí es una especie descubierta relativamente recientemente.

Volviendo al libro, que me voy por las ramas. Pues ahí ya me rechinó el tema, porque estoy un poco en contra de los esfuerzos actuales por recuperar especies prehistóricas de la extinción, como el lobo huargo o el mamut. En vez de usar esos mismos avances genéticos para evitar que se extingan aquellas especies que aún existen, pero que van a acabar desapareciendo debido a las pequeñas poblaciones que quedan y a su poca diversidad genética.
Y quizás no queréis oírme hablar de ética y filosofía en la investigación. Vuelvo al libro. Daniel tiene un avatar de Achillobator y quiere usarlo para explorar “desde dentro” los métodos de cortejo de estos saurios. La parte anatómica ya la conocen; lo que quieren ver es la parte etológica, la psicología del bicho, vamos. Y poco a poco se va dando cuenta de que Aquiles, el Achillobator con quien interactúa, es más listo de lo que se creía originalmente.
Aquí es donde mis sensores de ética científica volvieron a activarse. Porque la inteligencia de Aquiles resulta ser equivalente a la humana (spoiler — soy Miss Spoiler, no debería sorprenderos). Una inteligencia que, en lo más cercano que tenemos hoy en día, encontramos en chimpancés, delfines, orcas, gorilas y algunas aves. Y a estos animales, en muchos países, ya se les considera “personas no humanas”, admitiendo que, si no harías algo con un humano, quizá tampoco deberías hacerlo con ellos (o con ninguno, ya que estamos, pero esa es otra discusión).
Así que cuando el conflicto de la trama se convirtió en: “si supieran que Aquiles es así de listo, experimentarían con él”, yo no podía dejar de pensar: “ya estás experimentando con él; y si consiguieras demostrar la autoconciencia, además de todo lo demás, ¿no entraría en esa categoría de dejarlos en paz? ¿Y más en un mundo superdesarrollado? ¿Dónde está la exploración de la autoconciencia en delfines?”
Pues eso: mi conflicto no era con un dinosaurio demisexual que se enamora de un humano y acaba ocupando un cuerpo humano con todas las cualidades cognitivas que esperaríamos de una persona. Sino con que Daniel no compartiera esa información con sus compañeros, porque, en mi opinión, si algo así se supiera, obviamente se habría cuestionado continuar investigando con Aquiles.
Así que claramente me he perdido el kit de lo que Rafa intentaba transmitir. O me he metido de lleno. Pero bueno, yo quiero poder convertirme en Achillobator; no me devolváis a mi cuerpo humano, por favor.